Papeles Nocturnos
Por Hortensia Montero, Especialista del Museo
Nacional de Bellas Artes.
...se metía hasta por los
resquicios
más protegidos de la imaginación...
Gabriel García Márquez
La especial sensibilidad de Pedro Pablo Oliva le
permite captar un fascinante universo cargado de
símbolos, producto de su incesante imaginación y
con la absoluta singularidad de quien es capaz
de construir una formulación plástica de
vigorosa fantasía. Su propuesta artística toda
es un conjunto realizado con inspiración lúdrica,
que atesora un mensaje inquisitivo, portador de
valores éticos y morales de alcance universal.
Explora esta vertiente dibujística, a la que ha
dedicado la mayor parte de su esfuerzo creativo,
convirtiéndola en un vehículo de diálogo que
privilegia el conocimiento de la obra de este
artista. En ella aflora el mundo de sus visiones
muy ligadas al lirismo, impregnadas de la
melodía de sus colores dentro de la línea
ocurrente que permea su pintura de un singular
valor plástico. Recurre a la elegancia de la
cartulina de fondo negro para muchas de estas
creaciones, lo que da título a esta muestra.
Estas imágenes ofrecen una visión selectiva y
parcial del amplio espectro de indagación del
artista; posibilitan una exploración de las
preocupaciones más recurrentes del autor y
desencadenan el poder comunicativo al nivel que
acostumbra. Su recorrido nos facilita la
aventura espiritual de adentrarnos por los
senderos de su creatividad, reveladora de gran
ingenio en el ámbito de las artes plásticas.
Muchos de estos dibujos presentan una
iconografía singular: cuerpos humanos que se
superponen unos sobre otros en diferentes
transformaciones, trabajadas con mucho ingenio.
Oliva asume una característica tradicional en su
producción al colocar varias secuencias en un
plano, ofreciendo una concatenación de
situaciones en el mismo espacio de tiempo, al
igual que la simbólica piedra sobre la cabeza o
la espalda del protagonista, así como el uso
reiterado de juguetes de cuerda, evidentes a lo
largo de su trayectoria artística.
Es una serie de trabajos poblada de personajes
agradables, donde se aprecia un sentimiento de
complacencia en el rostro de la imagen – muchos
de ellos posando con los ojos cerrados. La
representación femenina, delgada, lánguida,
etérea, y de manos alargadas, se nos muestra en
una actitud maternal en relación con la imagen
masculina que la acompaña. La presencia de
figuras distendidas, con brazos desmesuradamente
largos o cortos, desproporcionados, contribuye a
conformar la idea deseada mediante el uso del
expresionismo lírico característico. En algunas
de estas piezas se respira una insistente
necesidad de protección y cariño insaciable por
parte de los protagonistas de la escena. Se hace
patente la importancia de la relación amorosa en
la pareja y la preponderancia del papel de la
mujer en esta relación, apoyado en la
confrontación desigual de las dimensiones de los
individuos (hombre, menor–mujer, mayor).
Su cosmogonía poética permite la unidad de su
diseño formal, desde el uso del color y el
tratamiento diferenciado de los detalles, dentro
de la organización plástica de la superficie. Se
reconocen signos característicos en la obra de
Oliva como el fino tratamiento del trazo,
realzado por los valores cromáticos
contrastantes del blanco, el negro y la escala
de los grises; el uso de las transparencias y el
difuminado que consiguen la ligereza de la
composición. La presencia de la socorrida silla
de mimbre de respaldar redondo, agradablemente
acoge a un grupo de personajes y alrededor sitúa
a otras figuras junto a animales. Consigue así
un ambiente acogedor para el conjunto y en
muchos casos, apela al recurrido sello donde
aparece una inscripción en un extremo de la
obra.
Oliva establece las condiciones propicias para
un acercamiento a los signos que sustentan una
alegoría visual, de un modo deliberadamente
metafórico a sus producciones, legitimando así
su impulso creativo y dando fe de su intención
explícita cuando comenta: “... me interesa el
conflicto del ser humano con el tiempo y con él
mismo...”
Esta búsqueda de raíces éticas, apreciables en
su carácter visual por una refinada técnica
pictórica, se concreta en obras de colorido
optimista, intenso y contrastante dentro de una
composición armónica donde la figura es
protagonista, tratada con cierta ingenuidad y
una dosis de ternura y candor, apresada en la
inocencia de una niña acostada o en la candidez
de una paciente dama sentada.
Dentro de su imaginación fantástica se destaca
el uso humorístico de sus códigos, apresando la
nacionalidad y la herencia cultural del país. La
originalidad de estos mitos visuales radica en
la mezcla de herencias y orígenes heterogéneos
en el sentido paródico; aportando una
perspectiva que tiene puntos en común con
anécdotas tomadas del criollismo y
cosmopolitismo dentro del perfil cultural
nacional, lo que nos permite realizar una
lectura sociohistórica de su obra.
En sus presupuestos teóricos asoma ese germen
visceral de vincular su vida con su obra
plástica, evidente en esta frase del autor:
Siempre he tratado de vincular un poco mi vida
con la creación; y cómo vivo, con la obra. A mí
me parece que en la vida cotidiana, esa diaria,
esa de las contradicciones, está precisamente el
tema y el germen de no convertir la obra en
repetición diaria.
2
Asomarse a este conjunto permite descubrir una
mirada acerca del mundo contemporáneo dentro de
los laberintos existenciales de un singular
universo vivencial semántico, que caracteriza la
estética de Pedro Pablo. La experiencia vital y
su manera de atrapar la realidad enriquece sus
creaciones, Oliva permea con una óptica personal
fenómenos cotidianos para sugerirnos diversas
lecturas, todas las que seamos capaces de
imaginar. Le anima una reflexión sobre
determinados modos de conducta de la sociedad
actual, abordados con una marcada intención
burlesca como elemento trascendente dentro de
sus intereses conceptuales. Este enfoque hace
que su discurso trascienda lo personal para
significar la identidad caribeña y global a
partir de la fuerza que emana de sus símbolos.
Notas
________________________________
Rafael A. Bernal. “El mundo no acaba allí
donde vuela un pájaro”. Entrevista a Pedro
Pablo Oliva. Artes Plásticas en Pinar del Río.
Recopilación de artículos en la revista Vitral,
jun. 1994/jun. 1998.
2
Oliva, Pedro Pablo. “Quiero pintar en paz...
”: La Habana, Galería La Acacia, mayo –
jun. 2000. Catálogo.
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Quiero pintar en paz…
(Palabras al catálogo, Galería La Acacia, La Haban)
Pedro Pablo Oliva, 2000
Desde que tengo así uso de razón, desde que uno es
chiquito, lo único que me gustaba era eso: pintar, y
no pensaba en otra cosa. Yo no tenía en mi cabeza,
ni remotamente, la idea de ponerme a estudiar otra
cosa que no fuera pintura, que no fuera ser pintor.
No es como otra gente que quizás amaba otra
profesión o soñaba con estudiar otra cosa y de
momento cambió, no. Y recuerdo que siempre adoré un
personaje importante de la historia del Renacimiento
que fue Leonardo da Vinci y siempre hago los cuentos
porque le admiraba no solo como pintor (tenía muy
pocas imágenes de él a mi alcance); sino como
inventor, es decir, como hacedor de cosas
supuestamente inverosímiles. Leonardo hizo un par de
alas para volar y yo hice hasta mi par de alas, de
cartón, mal hechas e intentaba volar y salía por el
barrio con las alas a ver si podía levantar el vuelo
que era lo más jodío del caso.
Y luego las historietas y los cómics de mi época.
Siempre he admirado, y no desvaloro, la historieta
como creación artística; la vida, además, me lo ha
demostrado. Hay famosos dibujantes de historietas,
que claro no llegan al nivel de Leonardo de Vinci,
ni a uno de esos pintores extraordinarios que
removieron la pintura; pero indudablemente forman
parte del desarrollo artístico plástico en
específico. Quería ser un dibujante de historietas
porque en definitiva amaba el dibujo y amaba la
pintura, no separo eso. Realmente había excelentes
dibujantes de historietas que me ensañaron a
dibujar, a ser capaz de dibujar un caballo corriendo
o un hombre en determinada posición o un rostro con
determinada sombra. Yo creo que me enseñaron mucho.
Recuerdo la influencia del mundo expresionista de
Ensor, Munch, Antonia Eiriz, ese mundo era el que
más se acercaba a mí. ¿Por qué ese mundo
expresionista fue cambiando en los setenta a un
mundo más onírico y menos de la expresión de ese
sentimiento? No lo sé. Si uno analiza a profundidad
la obra de ese pintor que se llamó Marc Chagall y
que influyó tanto en mí, descubrimos que no solo es
un pintor de la parte romántica y bonita. Marc
Chagall es un pintor que lo incluyo dentro del
surrealismo por la imaginería, pero es un pintor
expresionista, una gente desgarradora en su trabajo
y de ahí viene precisamente la influencia. La
escuela lo formaba a uno con entera libertad. Nadie
te dirigía a seleccionar influencias, solo que sentí
mucho más apego por ese hombre quizás porque,
generacionalmente, predominaba en esos años la
búsqueda del terruño, de acercarse más a lo propio,
a lo nacional, al pueblo donde uno vivía. En poesía
le llamaron el tojosismo, es decir, andar volando
siempre, pero pisar tierra regularmente y yo creo
que Chagall fue para mí el personaje que resumía
todo eso.
Pero también me desarrollo como estudiante y como
pintor ya profesional, o salido de la escuela, con
la presencia del Pop. En aquellos años el movimiento
de la escuela en sentido general era tan rico en el
proceso creativo, con influencias de diferentes
estilos que como estudiante no pude escapar a ellas.
Es verdad que en algún momento (Nelson recordará,
Nelson Domínguez siempre me lo recuerda), cuando
nadie se ponía a hacer instalaciones, se me ocurrió
una vez hacer una mesa, ponerle cosas y poner cuatro
sillas. Eso después se desbarató, lo desaparecí y en
aquel momento las instalaciones no existían. Sin
embargo, existía el Pop y ya Marcel Duchamp había
hecho lo que había hecho. A veces se establecen
tendencias teóricas que aparecen como grandes
rupturas, pero yo no siento mucha diferencia entre
las cosas que hace ahora la gente joven y lo que
hacía Marcel Duchamp. Los años 70 fueron los de un
mundo muy soñador y vinculado a eso que en política
le llaman ahora socialismo utópico. Era soñar un
mundo mejor, lindo, hermoso que llevó a tanta gente
a intentar trasformar el mundo de una manera, por
mejorarla, por hacerlo mucho más lindo... También
los contextos familiares influyen, por esos años me
nace mi primera hija. ¿Qué pasó en los 80? ¿Hubo
frustraciones? Nacieron otros hijos míos, me casé
con otra muchacha, atormentó mi existencia, me
alegró la vida... ¿por qué pinté tan negro? Entonces
no sé... no recuerdo. La década de los 80 fue la
época más fértil mía, una creación muy abundante,
creo y tuve mucha más tranquilidad familiar y la
vida realmente era mucho más tranquila no teníamos
la angustia que tenemos hoy, ni todas las cuestiones
económicas, los conflictos de índole moral, las
deformaciones sociales. En los 80 trabajaba mucho
con sienas y ocres y la mayoría de las cosas las
resolvía así, no era porque me faltaban colores,
porque los tomábamos “prestados” de la escuela.
Usaba más las texturas, ahora en estos últimos
cuadros lo he abandonado como si realmente uno
tuviera necesidad de huir de cada etapa, llega un
momento en que se agota, en que uno se aburre de uno
mismo y tienes necesidad de salir a buscar otras
cosas, a mí me pasa eso. A lo mejor al final llega
un día una gente y te dice que toda la vida has
hecho lo mismo... y tú pensando que has hecho cosas
distintas. En los 90 abunda más el color y yo no sé
por qué ha pasado eso. Yo también me he preguntado
eso, incluso le he echado la culpa a los vitrales de
La Mina y a la influencia indirecta de ellos sobre
mí. Ya cuando uno tiene 50 años va mucho más
definido al proceso de creación, quiero hacer esto.
Uno siente admiración por un pintor cuando es mucho
más joven y se deja arrastrar. Ahora a los 50 uno va
más consciente de lo que quiere buscar y de lo que
va hacer. Esa es la diferencia.
Siempre he tratado de vincular un poco mi vida con
la creación; y cómo vivo, con la obra. A mí me
parece que en la vida cotidiana, esa diaria, esa de
los conflictos, esa de las contradicciones; está
precisamente el tema y el germen de no convertir la
obra en una repetición diaria. Un suceso me obliga a
utilizar formas diferentes y de hecho temas
diferentes e incorporar imágenes diferentes. Cuando
tomo el tema de los balseros, me obliga a utilizar
el mar que no lo usé cuando la embajada de Perú y
Venezuela. Cuando asumo el tema de los refugios, uso
las texturas porque es un elemento que simula la
estructura que hace un ingeniero o un arquitecto y
la tierra misma. Las temáticas de la vida cotidiana
te obligan a descubrir formas nuevas y enriquecerte,
siempre lo veo como una forma de escaparme de una
actitud mecánica frente a la creación, a lo mejor se
repiten ciertas formas, ciertas cosas, pero siempre
hay una cosa que se añade. Es cierto que yo asumo la
pintura como el investigador que intenta recoger el
estado espiritual de un momento, a veces lo asumo
así, y otras veces no. Otras veces estoy convencido
de aquello que pienso, de aquello que reflejo.
Nosotros los pintores no somos realmente políticos,
nosotros no tenemos esa capacidad ni de información,
ni esa supuesta y extraordinaria capacidad de
análisis. Como trabajamos con las imágenes es otro
el conflicto
y a veces no tenemos todo el cúmulo de información
posible. Cuando me he sentido perdido en el terreno
de los criterios políticos, en definir una verdad y
encontrarme en un callejón sin salida, hago una obra
que realmente pudiéramos llamarla ambigua. ¿Es
ambiguo El Gran Apagón? ¿Es ambiguo El
Gran Refugio? No lo sé... ¿es ambiguo el El
inconcluso milagro de los panes y los peces? No
lo sé. Yo me he encontrado con gente que siente el
cuadro de El Gran Apagón como un cuadro
atrevido, de agresión a la política del estado
cubano, a la situación con relación al socialismo y
otras personas no lo ven así, sino como un canto a
una época. ¿Este hombre cuestiona o no cuestiona,
critica o no critica, en qué extraña balanza se
mueve? Intento mostrar, en la obra, al hombre que
piensa de una manera y al que piensa de otra bien
distinta. Trato de unir los pensamientos diferentes
y el mío también. Hay momentos de confusión por los
que uno pasa, donde yo prefiero dejar el estado
espiritual del momento; no defino, dejo el estado
espiritual. Yo prefiero dejar el estado espiritual.
Si mi estado espiritual es un caos o el del contexto
es un caos, un caos es la obra; si es confusa la
situación, confusa es la obra.
No tener guardadas más obras de cada una de las
etapas me es totalmente nocivo. En los años 70,
nosotros no vendíamos nada y acumulábamos la obra.
Tal es así, que yo nunca volveré a hacer la
retrospectiva que hizo el Museo Nacional de Bellas
Artes; porque fue un cúmulo de trabajo tan grande,
que yo jamás podré acumular esa obra. Y aquella
muestra me permitió saber qué camino tenía deseos de
tomar. Yo sí extraño sobremanera no tener las obras
cerca, porque entraría a analizar a este hombre: qué
ha hecho, qué hizo, hacia dónde se va a dirigir. A
veces me veo retomando un tema que hice hace algunos
años y me digo ¿lo estaré repitiendo? Antes no me
pasaba así, antes buscaba y tenía todas las obras
ahí y decía, voy a pintar esto ahora. Es una
necesidad tener cerca una parte de la obra que se
hace, pero desgraciadamente nosotros tenemos muy
pocos coleccionistas, estamos viviendo de los
extranjeros que compran las obras. Quizás por eso
compro obras de los demás, de la gente que está
surgiendo, hago lo que no puedo hacer con la mía;
porque siento que se puede perder buena parte de esa
obra que están haciendo los jóvenes. Prefiero
comprar algunas, tenerlas, coleccionarlas. La mía ya
prácticamente se ha perdido, como quien dice.
Entonces dedico mis fuerzas a rescatar la de los
demás.
Todos los artistas tenemos nuestro clímax y nuestro
momento de oro y después decaemos, todos. Después
comenzamos a dar tumbos, ahí está Mariano, está
Portocarrero, Antonia también (y Antonia era un
monstruo, y también decayó). Es un proceso natural.
No sé..., a lo mejor ya estoy en esa etapa. No es
que uno diga: voy a retirarme; el problema es que yo
no sé hacer otra cosa. Pinto y trato de hacerlo con
la mayor dignidad posible, pero primero y más
importante, para satisfacerme yo mismo. Mientras yo
sienta satisfacción por el trabajo no me importa, es
lo que tengo deseos de hacer. Si me sale mal no me
importa, pero yo tengo deseos de hacer eso. Eso te
demuestra que uno es un ser humano, que hace cosas
buenas y malas y todas te ayudan en un proceso.
Todas te ayudan, hasta las malas te sugieren otra
cosa, o te ayudan en un proceso de cambio. Las
señoritas de Avignon no es un buen cuadro en
términos de unidad. Yo lo he visto y digo ¡qué
horrible cuadro! Pero tiene el valor de ser un
cuadrazo de la historia del arte. Y me digo pa’l
carajo el cuadro, habrá determinado en la historia
pero es un cuadro que ni me va ni me viene. Yo no lo
disfruto porque sé que es un cuadro de un proceso de
transición, fruto de la inseguridad de un artista en
un intento de búsqueda, de cambio. Ese es el valor
que tiene, no lo puedo comparar con el Guernica,
no lo puedo parar al lado de un montón de obras de
Picasso que mantienen una unidad, una coherencia.
Hay cosas de valor histórico y cosas de valor
puramente artístico.
Tengo ganas de hacer un poco de cerámica, tengo
ganas de hacer algunas cerámicas. Quiero hacer un
poco de pintura matérica. A lo mejor termino siendo
un pintor matérico. Estoy acumulando cosas (aserrín,
objetos) como si yo fuera a trabajar la pintura
matérica y es que quiero pegar cosas en los cuadros.
A lo mejor termino siendo un Tapies. El Jardín de
las Delicias es un proyecto a largo plazo y como
proyecto a largo plazo, va a comenzar a llenarse de
influencias, como siempre me pasa con todas las
obras grandes. No puedo hablar de obras grandes solo
para decir que son piezas de mucho trabajo y con
tendencias al caos, pero el caos ha predominado en
las obras grandes precisamente. Y es porque han sido
obras de un cúmulo de tiempo también. Es decir las
he empezado en un año y las he terminado en otro y
ahí se ha acumulado todo. Ese proyecto, que será el
cuadro más grande que he pintado, pienso pintarlo en
paz. El
Jardín de las Delicias
quiero pintarlo en paz. |
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