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EL
JUEGO DE LAS FORMAS QUE VENDRÁN
Héctor Antón Castillo.
suplemento Noticias de ARTECUBANO #7 Julio 2002.
La insularidad es
un tópico tan recurrente en el arte cubano de las
ultimas décadas, que mucho creadores confiesan
evitarlo concientemente. Ahora, no abundan las
propuestas que apelan a semejante pretexto para
dirigir una mirada hacia el interior de la isla, más
allá de los traumas ocasionados por el éxodo o de
la maldita circunstancia del agua por todas partes.
Es decir, una manera de fabular en la que el agua
cede su hegemonía a la tierra como origen y destino,
desazón y plenitud especie de eterno retorno a l que
poco consigue escapar. La obra del artista pinareño
José Luis Lorenzo, se ubica orgánicamente en esta
variante discursiva, donde el referente más cercano
es su propio contexto vital.
Ya desde su anterior
Exposición Cronotopo Insular, exhibida en el
Centro de Arte 23 y 12, notamos la presencia de una
poética sustentada en ese rasgo tan común en
propuestas neomitológicas que es la ironía.
Dotadas de una elevada dosis de ambigüedad. Las
piezas de aquella muestra aprovechaban la
popularidad de ciertos mitos para incitar a la
reflexión acerca de la fragilidad y soledad del
poder, la paradojas de la tragicomedia insular y un
juego con el espectador donde se pretendía a través
de la sátira, vaciar de contenido a estereotipos
inmutables de igual modo, la ambientación de las
obras remitida a una evidente teatralidad alegórica
al universo como escena, tomando al mito y al poder
como sujetos-objetos expuestos a las más imprevistas
colisiones.
La elección y manejo
preciso del espacio museográfico son las cartas de
presentación de Herra-Dura, la más reciente muestra
personal de José Luis Lorenzo, emplazada en el
Centro Nacional de Conservación, Restauración y
Museología. Como indica su propio titulo, la
herradura es el símbolo de cabecera en este
environment formando por cinco instalaciones de gran
formato. Con escasas variantes temáticas en relación
a Cronotopo... llamativo es el protagonismo que
adquiere el juego con el espectador, concertado a
partir de la ilusión de que sea éste quien complete
la obra en el sentido duchampiano del término, Otra
vez ambiguas, las ficciones instaladas de Lorenzo
resultan simulacros de panfletos que aparentan
decirlo todo cuando en esencia no toman partido por
nada. Consciente de su carga mito-paródica, este
discurso plástico se encarga de reivindicar esa
constante de lo cubano que reside en darle las
respuestas más sencillas a los dramas mas complejos.
Aquí una manipulación engendra otra manipulación,
hasta despojarla de sentido, satirizando así a
tantas estrategias consagradas enteramente a
sacralizarla. Solo después que el espectador realiza
un desmontaje similar logra constatar ese humor
latente en toda la propuesta, algo realmente
distante de la personalidad del hacedor, nada
espectacular y quizás
conservador.
No es frecuente
recorrer un salón de exposiciones y experimentar la
sensación de que cada pieza está colocada en el
sitio adecuado. Esta sospecha alcanzó su definición
mejor en Herra-Dura cuando una obra tan conocida y
reconocida como El pensador debió recibir a los
visitantes al final del recinto. Lógicamente, el
lugar ocupado al aludía a su obligada despedida del
viaje expositivo del creador. Concebida como una
metáfora de la soledad, tan inminente destino solo
reafirma, su verdadera y autentica esencia
suficiente para neutralizar a las más sutiles tretas
de la ambigüedad. Sin pretender instaurar una
jerarquía competitiva entre los trabajos expuestos,
Demencia en el Laberinto es el que concede al
conjunto, un sentido visual y filosófico. Así como
esas paredes de herraduras soldadas irrumpen en el
espacio para atravesarlo sin lastimarlo, también
sugiere el vacío que implica penetrar en un sitio
sin la mínima esperanza de lograr llenarlo. En
definitiva el anhelo supremo de esta demencia
radica en compartir la certeza de Mircea Eliade,
cuando el historiador señala que la misión principal
del laberinto consiste en defender el centro, siendo
un equivalente de otras pruebas como la lucha contra
fuerzas que rebasan al
hombre.
A pesar de fabular en torno a la tríada
mito-poder-historia, el peso de este quehacer se
concentras en la importancia que les concede a la
visualidad y al público, convirtiendo el resto de
los elementos involucrados en una sucesión de
pretextos necesarios. Por ello, esas numerosas
herraduras dispersas, por el suelo y dispuestas a
pinchar a cualquier paseante, rompen con ese tedio
posicional que puede provocar hasta la más virtuosa
tridimensionalidad. La obsesión por otorgarle
ligereza a la pesada muestra tuvo su clímax cuando
en el bufete inaugural se les brindó a los
asistentes unos palitroques en forma de herradura
que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.
Así, incitando al apetito, Lorenzo propone que
también se consuman las imágenes, bastante densas y
abigarradas en el plano ideo-temático, todo lo cual
indica que su mayor desvelo se concentra en ese
juego de las formas por venir que exigirán para el
futuro las más inesperadas soluciones.
Aunque este
creador se mueve con soltura en un amplio espectro
de la creación pictórica, su medio de expresión más
convincente es la instalación. Esto es muy
estimulante en los tiempos que corren, si
consideramos los excesos que se cometen en nombre
de la libertad que presupone esta modalidad del arte
contemporáneo. Sin embargo, ya es hora de que José Luis Lorenzo deje de ser un mero orgullo de su
provincia natal y despliegue su potencial en
espacios y eventos de envergadura. Porque si
perjudicial es llegar con demasiada premura, mucho
peor es tener que esperar paciente e injustamente
más de lo debido.
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EL HIJO PRÓDIGO DE
OGGÚN ARERE.
Ramón F. Cala. Publicado
en La Revista Cultural Cauce. # 2 del 2002.
Cuando el 16 enero de
1998 el joven artista José Luis Lorenzo (graduado en
1996 de la Escuela Profesional de Artes Plásticas)
irrumpió en el ambiente de la creación visual con la
muestra Metáfora Insular, reconocimos un
rasgo que identificaría su obra en lo adelante: la
búsqueda del equilibrio entre la zona oculta del
cosmos interior en pugna hacia un reconocimiento
implícito o parcial de la posible existencia y la
energía opositora del medio social habituado a la
observación complaciente de los metadiscursos. Con
Sacrificios de fin de siglo, fechada el
último año de la pasada centuria, Lorenzo retoma
esta idea, pero ahora con la inserción de nuevo
asidero: la consolidación de un lenguaje tropológico
para la reafirmación del intercambio legitimador del
status quo en las relaciones de poder. En el
catálogo Jorge Luis Montesino escribe “En la
muestra Sacrificios se aprecian
cambios fundamentales respecto a su quehacer
anterior, cuando interesaba trasmutar constantemente
sobre el lienzo, sobre la cartulina o con la
instalación a personajes
e ‘histriones’ con
cabezas-máscaras de perros, de ovejas, de equinos y
otros animales, artificios que ahora sustituye por
rostros y cuerpos híbridos definitivos sobre ‘saco
de yute’ en que la doble moral no existe, y se
enfatiza la de seres dispuestos o idóneos para el
sacrificio”.
La obra pictórica de
José Luis Lorenzo es inconfundible. Realzada por la
gama de colores que emplea (ocres y amarillos); los
temas, que se mueven entre lo caprichoso del mito y
el antropomorfismo de sus bestias o la bestialidad
de sus hombres, las piezas son monumentos al
quebranto y la angustia existencial, dardos
disparados contra la comodidad y las mentiras
ocultas. Por cierto, sería prudente que la crítica
mirara con más asiduidad hacia esta área de su
creación que tiene sin duda, como me confesara
Águedo Alonso, innumerables valores que merecen un
análisis pormenorizado.
El nuevo milenio lo abre
con un par de exposiciones signadas por Oggún, santo
patrono de los herreros: Demencia del laberinto
(septiembre del 2001, Centro Provincial de las
Artes Visuales), y Herra-dura (mayo del 2002,
Centro Nacional de Conservación, Restauración y
Museología) en las que se retira voluntariamente al
disfrute total del instalacionismo donde Lorenzo
demuestra un acertado performance.
En Herra-dura,
primera exposición después que obtuviera el Premio
Cubaneo de las Artes Plásticas que otorga
Pedro Pablo Oliva, emplea soportes tradicionales en
su obra como el saco de yute, la palma y la tripa de
palma, el estiércol, el hueso y otros como el caso
de la herradura que se ha convertido en un sello que
lo identifica. Aunque la muestra exhibió cuatro
piezas vistas en Demencia… se le incorpora su
antológica El pensador, esta supera a
la del 2001 en mejor y acertada curaduría del propio
artista y Jorge Luis Montesinos; el espacio del
CENCREM, que favorece una relación interactiva que
facilita la aprehensión coherente del discurso
expositivo y una actitud creadora que denota
esfuerzo investigativo de las estructuras del canon
que denomino alquimia.
¿Por qué este apego del
artista al empleo del elemento-desecho? ¿Por qué el
examen de significados en objetos o sustancias
naturales de aparente insignificancia? La respuesta
hay que hallarla tal vez en una voluntad de
desobediencia o indocilidad al no aceptar la noción
rígida del arte que encuentra en lo “pobre” cierta
justificación a la indigencia del pensamiento.
Obsérvese que José Luis Lorenzo somete su
exploración a la transferencia recíproca entre lo
simple-común y lo elevado-trascendental, de ahí que
sus instalaciones salten a la vista por las
dimensiones que poseen los objetos que recrea. Pero
“dimensión” es ante todo alegoría, atributo
simbólico, condición sígnica de la imagen que
incorpora a su sistema estructural el axioma propio
de las culturas de los márgenes. Lorenzo rechaza
cualquier edulcoración del signo y pienso que
difícilmente haga dejación de este recurso porque en
la contracorriente está su más descarnada protesta,
su oposición al panfleto visual tan frecuente en
nuestro lar.
Lorenzo es, entonces, un
infractor que no se somete a las reglas del
conglomerado, a la pulpa descompuesta, al amasijo
que promueve una estética simplista. Este creador
suda sus manos en la mierda de caballo, alucina
acoplando herraduras, hace sacrificios al tiempo y
construye laberintos a los dementes que se atrevan a
tratarlo con piedad.
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EXPO PERSONAL: “METÁFORA INSULAR”.
Palabras del catalogo.
Joaquín Badajoz.
En
la ciudad de Pinar del Río. Año de gracia de 1998.
Islas: Entre la nausea y la metáfora.
“... se distent les levres avec des plateaux, se
font sculpter sur les reins des animaux monstrueux,
- Peut-on dire, avec Pascal, que la coutume est une
seconde nature?”.
Sartre. La Nausée.
Decir Isla es atrapar la metáfora en su vuelo. La Isla es
a(isla)miento, tierra a la deriva, donde todo, aún
los sucesos más monstruosos e inverosímiles, es
posible. La isla es terra ficticia, en ella
confluyen las posibilidades infinitas de que hablara
Lezama y a su tiempo y modo complemento y reserva de
los mundos fabulares que puede ser la isla más
fermosa que ojos humanos han visto o la habitada por
hombres cabeza de perro, que describe Marco Polo, el
navegante, en sus “Libros del Gran Khan”, libros de
viaje, porque las islas son también eso, estaciones
de un gran viaje, lugares de paso, deshabitados, que
es habitados por el misterio o habitados por seres
diferentes.
Lorenzo entonces viene a ser el paseante hacedor, testigo
ocular o demiurgo (creador) de esos mundos
interiores (re)vertidos, donde el zoomorfismo no es
una propiedad, sino una actitud, y sus conocéfalos,
hipocéfalos et al denotan la capacidad de
adaptabilidad del hombre, rasgos de su conducta que
por conversión arquetípica, casi por
consetudinareidad (populatio metáfora) es analogable,
reducible, a ese mismo sustrato heroico, que con
otras dimensiones desplazará la fábula oweniana,
poses que la máscara recalca. Ya en el
Brihaderanyaka Upanishad se exhalta “...al caballo
sacrificado, cuyo cuerpo contiene todo el universo”
es por ello que el mitos puede o no ser alusivo, y
la parodia más que ridícula imitatio alcanza
dimensiones dramáticas que refieren al orden natural
de las cosas. Sin embargo, el metarrelato en Lorenzo
en poco responde a un proceso de metamorfosis, la
transformación sucede rápida generalmente por simple
conversión.
A la vocación retiniana de esta muestra se suma una búsqueda
ontogénica y psicológica recreada en ocres y oscuras
combinaciones. La paleta responde a las
degradaciones concebidas para estos mundos místicos
y monstruosos donde todas (algunas) las vanidades y
exageraciones humanas se pasean encarnadas en su
referente visual simbólico.
Es por esto que su búsqueda no se queda en la superficie de
una morfología peculiar de expresión, deviene
sistema morfológico conceptual, donde las
estructuras fabulatorias, lo enarrado (en detalle) y
lo denarrado (por orden) se valen de la serie dentro
de la serie, la historia dentro de la historia,
componiendo unidades autosuficientes organizadas de
forma tal que las subtramas sostienen un argumento
curatorial que no solo responde a una visualidad
homogénea, repetitiva,, como pudiera pensarse, sino
a una particularización generalizadora, que en la
recurrencia morfológica propone las calves de
veritatibilidad imprescindibles para que la historia
funcione como un mecanismo de farsas y relojerías
dramáticas.
Sus monstruos son convertidos en histriones. Todo es
representación, nada debe ser tomado en serio, pero
la angustia de estos histrionis (actores), las
desgarradoras secuencias, aluden a una
representación teatral que la costumbre ha vuelto
ordinaria en tanto el hombre muestra su máscara que
es su yo más recóndito. Y este hecho de reversión
del mito, dotándolo de una nueva y milenaria
significación místico-mítica por la contraposición
de contrarios universales que se reconcilian, basta
para remover la estructura tradicional del mito,
humanizarlo, volverlo vulnerable.
En el centro de esta poética el hombre vuelve a reafirmarse
como hijo de una falla (harmatia) originaria: el
pecado; y es entonces cuando la vis fábula se
convierte en vis terra (sub terras penetrare) y esta
en vis vivendis (muestrario de las conductas y
aberraciones humanas). Pero la clave de todo sigue
estando en el gesto, los actores son solo eso,
criaturas elementales, pero el conflicto acusa la
ironía patética entrevista por cierta dosis de fatum,
con que el hombre acepta su relación trascendente
respecto a la norma (moral, religiosa, política). Si
el acto de poiesis (creación) encuentra su catarsis
en el dominio y multiplicación de un cosmos.; en
Lorenzo la creación no es vanidad de posesión de
imaginarios, sino conversión, desenmascaramiento,
para a partir del arte reflexionar sobre la más
augusta y coherente de las interrogantes: la
salvación del hombre. Ese que retrata, recrea o
subvierte y que a(isla) en todo su patetismo,
dejando al descubierto las máscaras de la costumbre,
a esa naturaleza ritual que nos define, “Para acaso
poder decir, con Pascal, que la costumbre es una
segunda naturaleza”.
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EXPO: “SACRIFICIO DE FIN DE SIGLO”.
Palabras del catalogo de la expo
“SACRIFICIO DE FIN DE SIGLO”.por
Jorge L. Montesino
Fábulas y más cuentos contados por otras fábulas.
Este es un libro más
de historias: sus páginas de “saco de yute” son en
esta exposición las superficies pintadas, los
personajes y argumentos no pueden ser los mismos
aunque reaparezcan fragmentos y actores porque
asistimos a los “Sacrificios de Fin de Siglo”: “El
pescador de sueños”, “Desafío entre Lesbia y Ana” y
“Pelea por el gallo” son algunas de las escenas –
fábulas que conforman la muestra, porque José Luis
Lorenzo carga su mano en la metáfora – narrativa que
ilustra, y pretende lustrar a través de un resultado
visual aprensible sin mayores esfuerzos, fuerza que
en ellos estriba su táctica. El sacrificio no impera
porque se le traiga hasta el arte, pero sí nos
aturde y nubla la mirada si obviamos esta vía, de
ahí que Lorenzo avisado, lo recree en forma de
fábulas que parecieran reiterar la dominancia de los
actos sacrificatorios y por lo tanto plantearse una
política pictórica moralizante.
En la muestra
“Sacrificios”se aprecian cambios fundamentales
respecto a su quehacer anterior, cuando interesaba
trasmutar constantemente sobre el lienzo, sobre la
cartulina o con la instalación a los personajes e
“histriones”con cabezas – máscaras de perros, de
ovejas, de equinos y otros animales, artificios que
ahora sustituye por rostros y cuerpos híbridos
definitivos sobre “sacos de yute” en que la doble
moral no existe, y se enfatiza la de seres
dispuestos o idóneos para el sacrificio. Ofrenda en
la que se confunden por derretimiento el mundo
animal, biológico, y el mundo social – humano:
entonces surge un ser mixto: mitad naturaleza mitad
cultura. Especie de “granja” mundanal para un
sacrificio inevitable que José Luis Lorenzo concibe
de dos modos: En uno integra obras como: “Natura y
los pasos perdidos”, “No nos dejes de amparar”,
“Despilfarrando natura”, “Cricifixión de mamá –
langosta”, “Yudith la oveja negra” y otras, que
retoman fábulas, mitos y representaciones
arquetípicas de la tradición cristiana y cultural de
occidente; el segundo grupo aunque de menor número
de pinturas – pintadas sobre el “saco de yute”
pudiera llamar más la atención porque el autor
registra en su mundo interior y en zonas obscuras o
poco frecuentadas e imagina y construye situaciones
igualmente límites pero sin dudas, sobresalientes
(ver los tres cuadros citados).
Desde su etapa de
aprendiz en la escuela profesional de artes
plásticas, mostró interés en los rituales y ofendas
sacrificatorios, que enriquece en proceso de
maduración desplazándose de la mera anécdota,
leyenda o mito hacia su problematización en el campo
de las relaciones sexuales humanas , y de la
imaginación, cualidad o proceso psíquico hoy
diluyéndose en el sacrificio cotidiano que pesa y
resta imaginadores. Entonces el antídoto es soñar
como en: “El pescador de sueños”, quizás el (saco)
mejor concebido de este libro – exposición: un
hombre – gato en duermevela sobre una barcaza a la
deriva, la mano – pata superior e inferior
izquierdos tensan al tiempo un hilo que penetra en
el oleaje y se pierde como si intentara pescar o a
lo mejor es un ancla para asirse al fondo. ¿Cuál
será su ensueño, atrapar algún pez o sacrificar su
vida al sueño?.
Lorenzo pinta con
fábulas, con mensajes moralizantes y reducidos
colores salen de su paleta. La paleta esencial de
José Luis como de pocos es la fábula: La Homérica,
la de Esopo, Martí y las Sagradas Escrituras, pero
sobre todo las que generan la vida cotidiana de Fin
de Siglo.
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EXPO: “MITO Y
REALIDADES”.
Palabras del catalogo. Por
Ladislao Aguado, Pinar del Río 11 de enero del
2001.
Antes del sueño,
allá donde comienza la historia primigenia de
los aconteceres del hombre, habita el rito.
Ambos, rito y sueño, son los componentes
esenciales que animan la imperiosa diégesis de
toda obra de arte. Pues en ellos están retenidos
los presupuestos entendibles de la creación
artística. Basta aceptar que el rito, ese orden
antológico, es en los sentidos posibles anterior
a cualquier fenómeno que queda caracterizarlo.
Más allá de una imitación humana, o un acto
recurrente, el rito expresa una dialéctica del
deseo y la repugnancia: deseo de fecundidad o
victoria, repugnancia a la aridez, los enemigos.
Pre-humano, pre-verbal y por supuesto,
aceptablemente pre-humano; el rito parece
vincular la vida con la decadencia biológica de
las aves –entiéndase fauna- a sus danzas de
acoplamiento: majestuosa sincronización nacida
de esa paridad entre los seres y los ritos de su
medio. El sueño, es en sí mismo aquel sistema de
alusiones crípticas –ignotas, provocativas- de
las cuales el soñador permanece parcialmente
ajeno, es decir, resultan incapaces de una
entrega significacional capaz de hacerse
verificable.
Ahora bien, al
unificarse rito y sueño como los elementos
esenciales del curso poético, aparece la
estructuración fundamental que alienta la obra
plástica de José Luis Lorenzo: el mito,
entendido como la conjunción de los factores del
deseo y la recurrencia, con que cualesquiera de
estos móviles pueda manifestarse. Lo cual
promueve un acercamiento a un mundo
caracterizado por conceptualizaciones propias,
por demás, cercanas a los motivos primigenios
que la fundamentan. El mito aísla los principios
estructurales, los destina lejos de toda
verificación real o naturalista, como una
subversión del orden lógico del suceso
convocado. José Luis Lorenzo, hábil hacedor de
estas realidades, nos destina una interpretación
del hecho artístico a través de los
desplazamientos que animan el acontecer mítico.
En su obra todas las estructuraciones están
dispuestas como la introducción de un augurio o
de un portento, como si cuanto trazara, fuese el
relato de una profecía que ha de cumplirse justo
al tiempo en que es enunciada. Tal recurso
sugiere, en su proyección existencial, una
definición de la fatalidad ineluctable o de una
oculta voluntad omnipotente. Y este determinismo
artístico le confiere a la obra una decisiva
relación simétrica, donde la voluntad implicada
se adentra en el suceso onírico tanto del autor
como de quien la ve definirse, casi como la
prolongación extasiada de sus trasmundos.
En la obra de José
Luis Lorenzo, por tanto, el mito no sólo otorga
significación al rito y narratividad al sueño,
sino que se ve como la identificación del ambos,
en la cual el rito se traduce como el sueño en
movimiento.
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