Inicio  

 
       
 
   
                 
   
ARTISTAS
  Pedro Pablo Oliva
  Luis Contino Roque
  Yoemir Alfonso
  José Luis Lorenzo
  Juan Suárez Blanco
  J. Yamilia Pérez
  Irina Elén González
  Israel Naranjo
  Miguel Ángel Couret
  Quisbel Lezcano
   
CUBA-ART EN LA RED
   
SERVICIOS
   
NOTICIAS
   
PRÓXIMAS EXPOSICIONES
   
 
   
   
Contactos
   
 
  RESEÑAS
info@cuba-art.com
 

EL JUEGO DE LAS FORMAS QUE VENDRÁN
Héctor Antón Castillo.
suplemento Noticias de ARTECUBANO #7 Julio 2002.

             

La insularidad  es un tópico tan recurrente en el arte cubano de las ultimas décadas, que mucho creadores confiesan evitarlo concientemente. Ahora, no abundan las propuestas que apelan a semejante pretexto para dirigir una mirada hacia el interior de la isla, más allá de los traumas ocasionados por  el éxodo  o  de la maldita circunstancia  del agua por todas partes. Es decir, una manera de fabular en la que el agua cede su hegemonía a la tierra como origen y destino, desazón y plenitud especie de eterno retorno a l que poco consigue escapar. La obra del artista pinareño  José Luis Lorenzo, se ubica orgánicamente en esta variante discursiva, donde el referente más cercano es su propio contexto vital.

Ya desde su anterior Exposición  Cronotopo  Insular, exhibida en el Centro de Arte 23  y 12, notamos la presencia de una poética sustentada en ese rasgo tan común en propuestas  neomitológicas  que es la ironía. Dotadas de una elevada dosis  de ambigüedad. Las piezas de aquella muestra aprovechaban la popularidad de ciertos mitos para incitar a la reflexión acerca de la fragilidad y soledad del poder, la paradojas de la tragicomedia insular y un juego con el espectador donde se pretendía a través de la sátira, vaciar de contenido a estereotipos inmutables de igual modo, la ambientación de las obras remitida a una evidente  teatralidad alegórica al universo como escena, tomando al mito y al poder como sujetos-objetos expuestos a las más imprevistas colisiones.

La elección y manejo preciso del espacio museográfico son las cartas de presentación de Herra-Dura, la más reciente muestra personal de José Luis Lorenzo, emplazada en el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología. Como indica su propio titulo, la herradura es el símbolo de cabecera en este environment formando por cinco instalaciones de gran formato. Con escasas variantes temáticas en relación a Cronotopo... llamativo es el protagonismo que adquiere el juego con el espectador, concertado a partir de la ilusión de que sea éste quien complete la obra en el sentido duchampiano del término, Otra vez ambiguas, las ficciones instaladas de Lorenzo resultan simulacros de panfletos que aparentan decirlo todo cuando en esencia no toman partido por nada. Consciente de su carga mito-paródica, este discurso plástico se encarga de reivindicar esa constante de lo cubano que reside en darle las respuestas más sencillas a los dramas mas complejos. Aquí una manipulación engendra otra manipulación, hasta despojarla de sentido, satirizando así a tantas estrategias consagradas enteramente a sacralizarla. Solo después que el espectador realiza un desmontaje similar logra constatar ese humor latente en toda la propuesta, algo realmente distante de la personalidad del hacedor, nada espectacular y quizás conservador.                       

No es frecuente recorrer un salón de exposiciones y experimentar la sensación de que cada pieza está colocada en el sitio adecuado. Esta sospecha alcanzó su definición mejor en Herra-Dura cuando una obra tan conocida y reconocida como El pensador debió recibir a los visitantes al final del recinto. Lógicamente, el lugar ocupado al aludía a su obligada despedida del viaje expositivo del creador. Concebida como una metáfora de la soledad, tan inminente destino solo reafirma, su verdadera y autentica  esencia  suficiente para neutralizar a las más sutiles tretas de la ambigüedad. Sin pretender instaurar una jerarquía competitiva entre los trabajos expuestos, Demencia en el Laberinto es el que concede al conjunto, un sentido visual y filosófico. Así como esas paredes de herraduras  soldadas irrumpen en el espacio para atravesarlo sin lastimarlo, también sugiere el vacío que implica penetrar en un sitio sin la mínima esperanza de lograr llenarlo. En definitiva el anhelo  supremo de esta demencia radica en compartir la certeza de Mircea Eliade, cuando el historiador señala que la misión principal del laberinto consiste en defender el centro, siendo un equivalente de otras pruebas como la lucha contra fuerzas que rebasan al hombre.                                                                                                                      A pesar de fabular en torno a la tríada mito-poder-historia, el peso de este quehacer se concentras en la importancia que les concede  a la visualidad y al público, convirtiendo el resto de los elementos involucrados en una sucesión de pretextos  necesarios. Por ello, esas numerosas herraduras dispersas, por el suelo y dispuestas a pinchar a cualquier paseante, rompen con ese tedio posicional que puede provocar hasta la más virtuosa tridimensionalidad. La obsesión por otorgarle ligereza  a la pesada muestra tuvo su clímax cuando  en el  bufete inaugural se les brindó a los asistentes  unos palitroques en forma de herradura que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Así, incitando al apetito, Lorenzo propone que también se consuman las imágenes, bastante densas y abigarradas en el plano ideo-temático, todo lo cual indica que su mayor desvelo se concentra en ese juego de las formas por venir que exigirán para el futuro las más inesperadas soluciones.                                                                                           

Aunque este creador  se mueve con soltura en un amplio espectro de la creación pictórica, su medio de expresión más convincente es la instalación. Esto es muy estimulante en los tiempos que corren, si consideramos los excesos que se cometen en nombre  de la libertad que presupone esta modalidad del arte contemporáneo. Sin embargo, ya es hora de que José Luis Lorenzo deje de ser un mero orgullo de su provincia natal y despliegue su potencial en espacios y eventos de envergadura. Porque si perjudicial es llegar con demasiada premura,  mucho peor es tener que esperar paciente e injustamente más de lo debido.

 

 

 
 
 

EL HIJO PRÓDIGO DE OGGÚN ARERE.   Ramón F. Cala. Publicado en La Revista Cultural Cauce. # 2 del 2002.

  

Cuando el 16 enero de 1998 el joven artista José Luis Lorenzo (graduado en 1996 de la Escuela Profesional de Artes Plásticas) irrumpió en el ambiente de la creación visual con la muestra Metáfora Insular, reconocimos un rasgo que identificaría su obra en lo adelante: la búsqueda del equilibrio entre la zona oculta del cosmos interior en pugna hacia un reconocimiento implícito o parcial de la posible existencia y la energía opositora del medio social habituado a la observación complaciente de los metadiscursos. Con Sacrificios de fin de siglo, fechada el último año de la pasada centuria, Lorenzo retoma esta idea, pero ahora con la inserción de nuevo asidero: la consolidación de un lenguaje tropológico para la reafirmación del intercambio legitimador del status quo en las relaciones de poder. En el catálogo Jorge Luis Montesino escribe “En la muestra Sacrificios se aprecian cambios fundamentales respecto a su quehacer anterior, cuando interesaba trasmutar constantemente sobre el lienzo, sobre la cartulina o con la instalación a personajes

e ‘histriones’ con cabezas-máscaras de perros, de ovejas, de equinos y otros animales, artificios que ahora sustituye por rostros y cuerpos híbridos definitivos sobre ‘saco de yute’ en que la doble moral no existe, y se enfatiza la de seres dispuestos o idóneos para el sacrificio”.

La obra pictórica de José Luis Lorenzo es inconfundible. Realzada por la gama de colores que emplea (ocres y amarillos); los temas, que se mueven entre lo caprichoso del mito y el antropomorfismo de sus bestias o la bestialidad de sus hombres, las piezas son monumentos al quebranto y la angustia existencial,  dardos disparados contra la comodidad y las mentiras ocultas. Por cierto, sería prudente que la crítica mirara con más asiduidad hacia esta área de su creación que tiene sin duda, como me confesara Águedo Alonso, innumerables valores que merecen un análisis pormenorizado. 

El nuevo milenio lo abre con un par de exposiciones signadas por Oggún, santo patrono de los herreros: Demencia del laberinto (septiembre del 2001, Centro Provincial de las Artes Visuales), y Herra-dura (mayo del 2002, Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología) en las que se retira voluntariamente al disfrute total del instalacionismo donde Lorenzo demuestra un acertado performance.

En Herra-dura, primera exposición después que obtuviera el Premio Cubaneo de las Artes Plásticas que otorga Pedro Pablo Oliva,  emplea soportes tradicionales en su obra como el saco de yute, la palma y la tripa de palma, el estiércol, el hueso y otros como el caso de la herradura que se ha convertido en un sello que lo identifica. Aunque la muestra exhibió cuatro piezas vistas en Demencia… se le incorpora su antológica El pensador, esta supera a la del 2001 en mejor y acertada curaduría del propio artista y Jorge Luis Montesinos; el espacio del CENCREM, que favorece una relación interactiva que facilita la aprehensión coherente del discurso expositivo y una actitud creadora que denota esfuerzo investigativo de las estructuras del canon que denomino alquimia.

¿Por qué este apego del artista al empleo del elemento-desecho? ¿Por qué el examen de  significados en objetos o sustancias naturales de aparente insignificancia? La respuesta hay que hallarla tal vez en una voluntad de desobediencia o indocilidad al no aceptar la noción rígida del arte que encuentra en lo “pobre” cierta justificación a la indigencia del pensamiento. Obsérvese que José Luis Lorenzo somete su exploración a la transferencia recíproca entre lo simple-común y lo elevado-trascendental, de ahí que sus instalaciones salten a la vista por las dimensiones que poseen los objetos que recrea. Pero “dimensión”  es ante todo alegoría, atributo simbólico, condición sígnica de la imagen que incorpora a su sistema estructural el axioma  propio de las culturas de los márgenes. Lorenzo rechaza cualquier edulcoración del signo y pienso que difícilmente haga dejación de este recurso porque en la contracorriente está su más descarnada protesta, su oposición al panfleto visual tan frecuente en nuestro lar.

Lorenzo es, entonces, un infractor que no se somete a las reglas del conglomerado, a la pulpa descompuesta, al amasijo que promueve una estética  simplista. Este creador suda sus manos en la mierda de caballo, alucina acoplando herraduras,  hace sacrificios al tiempo y construye laberintos a los dementes que se atrevan a tratarlo con piedad.

 

 
   

EXPO PERSONAL: “METÁFORA INSULAR”.

Palabras del catalogo. Joaquín Badajoz.

En la ciudad de Pinar del Río. Año de gracia de 1998.

 

 Islas: Entre la nausea y la metáfora.

          “... se distent les levres avec des plateaux, se font sculpter sur les reins des animaux monstrueux, - Peut-on dire, avec Pascal, que la coutume est une seconde nature?”.

Sartre. La Nausée.

 

Decir Isla es atrapar la metáfora en su vuelo. La Isla es a(isla)miento, tierra a la deriva, donde todo, aún los sucesos más monstruosos e inverosímiles, es posible. La isla es terra ficticia, en ella confluyen las posibilidades infinitas de que hablara Lezama y a su tiempo y modo complemento y reserva de los mundos fabulares que puede ser la isla más fermosa que ojos humanos han visto o la habitada por hombres cabeza de perro, que describe Marco Polo, el navegante, en sus “Libros del Gran Khan”, libros de viaje, porque las islas son también eso, estaciones de un gran viaje, lugares de paso, deshabitados, que es habitados por el misterio o habitados por seres diferentes.

Lorenzo entonces viene a ser el paseante hacedor, testigo ocular o demiurgo (creador) de esos mundos interiores (re)vertidos, donde el zoomorfismo no es una propiedad, sino una actitud, y sus conocéfalos, hipocéfalos et al denotan la capacidad de adaptabilidad del hombre, rasgos de su conducta que por conversión arquetípica, casi por consetudinareidad (populatio metáfora) es analogable, reducible, a ese mismo sustrato heroico, que con otras dimensiones desplazará la fábula oweniana, poses que la máscara recalca. Ya en el Brihaderanyaka Upanishad se exhalta “...al caballo sacrificado, cuyo cuerpo contiene todo el universo” es por ello que el mitos puede o no ser alusivo, y la parodia más que ridícula imitatio alcanza dimensiones dramáticas que refieren al orden natural de las cosas. Sin embargo, el metarrelato en Lorenzo en poco responde a un proceso de metamorfosis, la transformación sucede rápida generalmente por simple conversión.

A la vocación retiniana de esta muestra se suma una búsqueda ontogénica y psicológica recreada en ocres y oscuras combinaciones. La paleta responde a las degradaciones concebidas para estos mundos místicos y monstruosos donde todas (algunas) las vanidades y exageraciones humanas se pasean encarnadas en su referente visual simbólico.

Es por esto que su búsqueda no se queda en la superficie de una morfología peculiar de expresión, deviene sistema morfológico conceptual, donde las estructuras fabulatorias, lo enarrado (en detalle) y lo denarrado (por orden) se valen de la serie dentro de la serie, la historia dentro de la historia, componiendo unidades autosuficientes organizadas de forma tal que las subtramas sostienen un argumento curatorial que no solo responde a una visualidad homogénea, repetitiva,, como pudiera pensarse, sino a una particularización generalizadora, que en la recurrencia morfológica propone las calves de veritatibilidad imprescindibles para que la historia funcione como un mecanismo de farsas y relojerías dramáticas.

Sus monstruos son convertidos en histriones. Todo es representación, nada debe ser tomado en serio, pero la angustia de estos histrionis (actores), las desgarradoras secuencias, aluden a una representación teatral que la costumbre ha vuelto ordinaria en tanto el hombre muestra su máscara que es su yo más recóndito. Y este hecho de reversión del mito, dotándolo de una nueva y milenaria significación místico-mítica por la contraposición de contrarios universales que se reconcilian, basta para remover la estructura tradicional del mito, humanizarlo, volverlo vulnerable.

En el centro de esta poética el hombre vuelve a reafirmarse como hijo de una falla (harmatia) originaria: el pecado; y es entonces cuando la vis fábula se convierte en vis terra (sub terras penetrare) y esta en vis vivendis (muestrario de las conductas y aberraciones humanas). Pero la clave de todo sigue estando en el gesto, los actores son solo eso, criaturas elementales, pero el conflicto acusa la ironía patética entrevista por cierta dosis de fatum, con que el hombre acepta su relación trascendente respecto a la norma (moral, religiosa, política). Si el acto de poiesis (creación) encuentra su catarsis en el dominio y multiplicación de un cosmos.; en Lorenzo la creación no es vanidad de posesión de imaginarios, sino conversión, desenmascaramiento, para a partir del arte reflexionar sobre la más augusta y coherente de las interrogantes: la salvación del hombre. Ese que retrata, recrea o subvierte y que a(isla) en todo su patetismo, dejando al descubierto las máscaras de la costumbre, a esa naturaleza ritual que nos define, “Para acaso poder decir, con Pascal, que la costumbre es una segunda naturaleza”.

 

 

EXPO: “SACRIFICIO DE FIN DE SIGLO”.

Palabras del catalogo de la expo “SACRIFICIO DE FIN DE SIGLO”.por

  Jorge L. Montesino

 

Fábulas y más cuentos contados por otras fábulas.

 

Este es un libro más de historias: sus páginas de “saco de yute” son en esta exposición las superficies pintadas, los personajes y argumentos no pueden ser los mismos aunque reaparezcan fragmentos y actores porque asistimos a los “Sacrificios de Fin de Siglo”: “El pescador de sueños”, “Desafío entre Lesbia y Ana” y “Pelea por el gallo” son algunas de las escenas – fábulas que conforman la muestra, porque José Luis Lorenzo carga su mano en la metáfora – narrativa que ilustra, y pretende lustrar a través de un resultado visual aprensible sin mayores esfuerzos, fuerza que en ellos estriba su táctica. El sacrificio no impera porque se le traiga hasta el arte, pero sí nos aturde y nubla la mirada si obviamos esta vía, de ahí que Lorenzo avisado, lo recree en forma de fábulas que parecieran reiterar la dominancia de los actos sacrificatorios y por lo tanto plantearse una política pictórica moralizante.   

En la muestra “Sacrificios”se aprecian cambios fundamentales respecto a su quehacer anterior, cuando interesaba trasmutar constantemente sobre el lienzo, sobre la cartulina o con la instalación a los personajes e “histriones”con cabezas – máscaras de perros, de ovejas, de equinos y otros animales, artificios que ahora sustituye por rostros y cuerpos híbridos definitivos sobre “sacos de yute” en que la doble moral no existe, y se enfatiza la de seres dispuestos o idóneos para el sacrificio. Ofrenda en la que se confunden por derretimiento el mundo animal, biológico, y el mundo social – humano: entonces surge un ser mixto: mitad naturaleza mitad cultura. Especie de “granja” mundanal para un sacrificio inevitable que José Luis Lorenzo concibe de dos modos: En uno integra obras como: “Natura y los pasos perdidos”, “No nos dejes de amparar”, “Despilfarrando natura”, “Cricifixión de mamá – langosta”, “Yudith la oveja negra” y otras, que retoman fábulas, mitos y representaciones arquetípicas de la tradición cristiana y cultural de occidente; el segundo grupo aunque de menor número de pinturas – pintadas sobre el “saco de yute” pudiera llamar más la atención porque el autor registra en su mundo interior y en zonas obscuras o poco frecuentadas e imagina y construye situaciones igualmente límites pero sin dudas, sobresalientes (ver los tres cuadros citados).

Desde su etapa de aprendiz en la escuela profesional de artes plásticas, mostró interés en los rituales y ofendas sacrificatorios, que enriquece en proceso de maduración desplazándose de la mera anécdota, leyenda o mito hacia su problematización en el campo de las relaciones sexuales humanas , y de la imaginación, cualidad o proceso psíquico hoy diluyéndose en el sacrificio cotidiano que pesa y resta imaginadores. Entonces el antídoto es soñar  como en: “El pescador de sueños”, quizás el (saco) mejor concebido de este libro – exposición: un hombre – gato en duermevela sobre una barcaza a la deriva, la mano – pata superior e inferior izquierdos tensan al tiempo un hilo que penetra en el oleaje y se pierde como si intentara pescar o a lo mejor es un ancla para asirse al fondo. ¿Cuál será su ensueño, atrapar algún pez o sacrificar su vida al sueño?.

Lorenzo pinta con fábulas, con mensajes moralizantes y reducidos colores salen de su paleta. La paleta esencial de José Luis como de pocos es la fábula: La Homérica, la de Esopo, Martí y las Sagradas Escrituras, pero sobre todo las que generan la vida cotidiana de Fin de Siglo. 

 

 

EXPO: “MITO Y REALIDADES”.

Palabras del catalogo. Por Ladislao Aguado, Pinar del Río 11 de enero del 2001.

 

Antes del sueño, allá donde comienza la historia primigenia de los aconteceres del hombre, habita el rito. Ambos, rito y sueño, son los componentes esenciales que animan la imperiosa diégesis de toda obra de arte. Pues en ellos están retenidos los presupuestos entendibles de la creación artística. Basta aceptar que el rito, ese orden antológico, es en los sentidos posibles anterior a cualquier fenómeno que queda caracterizarlo. Más allá de una imitación humana, o un acto recurrente, el rito expresa una dialéctica del deseo y la repugnancia: deseo de fecundidad o victoria, repugnancia a la aridez, los enemigos. Pre-humano, pre-verbal y por supuesto, aceptablemente pre-humano; el rito parece vincular la vida con la decadencia biológica de las aves –entiéndase fauna- a sus danzas de acoplamiento: majestuosa sincronización nacida de esa paridad entre los seres y los ritos de su medio. El sueño, es en sí mismo aquel sistema de alusiones crípticas –ignotas, provocativas- de las cuales el soñador permanece parcialmente ajeno, es decir, resultan incapaces de una entrega significacional capaz de hacerse verificable.

Ahora bien, al unificarse rito y sueño como los elementos esenciales del curso poético, aparece la estructuración fundamental que alienta la obra plástica de José Luis Lorenzo: el mito, entendido como la conjunción de los factores del deseo y la recurrencia, con  que cualesquiera de estos móviles pueda manifestarse. Lo cual promueve un acercamiento a un mundo caracterizado por conceptualizaciones propias, por demás, cercanas a los motivos primigenios que la fundamentan. El mito aísla los principios estructurales, los destina lejos de toda verificación real o naturalista, como una subversión del orden lógico del suceso convocado. José Luis Lorenzo, hábil hacedor de estas realidades, nos destina una interpretación del hecho artístico a través de los desplazamientos que animan el acontecer mítico. En su obra todas las estructuraciones están dispuestas como la introducción de un augurio o de un portento, como si cuanto trazara, fuese el relato de una profecía que ha de cumplirse justo al tiempo en que es enunciada. Tal recurso sugiere, en su proyección existencial, una definición de la fatalidad ineluctable o de una oculta voluntad omnipotente. Y este determinismo artístico le confiere a la obra una decisiva relación simétrica, donde la voluntad implicada se adentra en el suceso onírico tanto del autor como de quien la ve definirse, casi como la prolongación extasiada de sus trasmundos.

En la obra de José Luis Lorenzo, por tanto, el mito no sólo otorga significación al rito y narratividad al sueño, sino que se ve como la identificación del ambos, en la cual el rito se traduce como el sueño en movimiento.