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ARTE DE AHORA Y DE SIEMPRE 

Nelson Herrera Ysla, octubre del año 2005

 Sorprende hallar, en estos tiempos de banalidad, terrorismo, fama, superficialidad y globalización, obras de arte ejecutadas con todo el rigor que el buen oficio induce cuando el pensamiento lo guía por los inquietantes caminos de la creación honesta y sincera. Eso, que no poca cosa es, lo experimento al observar las obras de Juan Suárez Blanco, a quien  muchos atribuyen una fortificada soledad y un recogimiento público poco usuales en estas atmósferas fanáticas y espectaculares que concita hoy la mayoría de las acciones que suceden en los territorios del arte contemporáneo.

Su modestia e inhibiciones sociales le han permitido ¿gracias a Dios? desarrollar una obra indivisa, impar, de extrema contemporaneidad y rigor en la escena cubana actual a pesar de encontrarse a hora y media de viaje, 150 kilómetros, de lo que se considera el centro de ella; es decir, la ciudad de La Habana. Aún viviendo en el “interior”, en la “periferia”, en realidad está mucho más cerca del “centro” que otros que no descansan yendo de una galería en otra, de una institución a otra, de un país a otro, en busca de reconocimientos y fuegos fatuos que el tiempo termina por apagar y devolverlos con suma paciencia al sitio de donde surgieron, que es no es otro que el olvido.

Suárez Blanco vive en permanente comunión, de raíz profundamente religiosa, con el acto creador y no se permite desviaciones o fantasiosidad ligera que le induzcan a producir obras para complacer algo o a alguien que no sea él mismo y la propia naturaleza del arte, en cuyos orígenes, si recordamos un poco, se hallaba esa necesidad de comprensión de lo real --la vida que nos rodea incluyéndonos nosotros mismos-- y esa aprehensión de lo inefable –que es la poesía y todos los otros grandes misterios de la vida-- por el camino de signos y símbolos pictóricos y volumétricos. Se trata, pues, de una ardua tarea que exige acopio, depósito, acumulación y el desarrollo tenaz de un oficio capaz de traducir en imágenes todo aquello que en ideas va fermentándose día y noche en la más absoluta soledad, unas veces, o en medio del remolino violento y colectivo que es la vida cotidiana.

Cada una de sus obras le consume una enorme cantidad de tiempo pues cada color, espacio, línea o volumen imaginado por él requiere de incontables versiones hasta llegar a su justa conclusión formal. No parece estar apurado nunca. Y le asiste toda la razón. En su rostro apacible no hay señales de vértigo ni de desasosiego, y aún cuando la procesión vaya por dentro, como se dice popularmente en Cuba, él sabe hacia donde se dirige, quienes son sus integrantes, cuál camino seguir.

Es un artista conceptual que no necesita de grandes formatos, textos, ni de la consabida instalación para trasmitir la idea que nos propone por compleja que esta sea: tampoco requiere ser desprolijo, descuidado, con tal de privilegiarla. Lo predominantemente intelectual se articula muy bien con el magistral oficio y la factura impecable: no están reñidos aunque algunos creen que sí. Con un simple objeto encontrado, o mediante la relación entre uno y otros, Juan elabora una compleja estructura ideoestética que lo mantiene a medio camino entre el arte objetual y el objeto esculturado, en cuyos territorios tienen cabida sutileza pictóricas que contribuyen a enriquecer un discurso tan sencillo y poderoso como un epigrama, un hai kú, un madrigal.

Sus obras, construidas con tantas precisiones que recuerdan a ratos la gran orfebrería, nos envían también señales lejanas desde el universo racional de la gráfica pues somete sus estructuras, en ocasiones, al orden implacable que rige el afiche contemporáneo: tal es el delirio de concentración y alianza que lo anima a crear.

El arte cubano actual tiene una deuda de gratitud con este artista que no se rinde ante las dificultades, de orden material y espiritual, que oscurecen a veces el reconocimiento necesario en el momento justo y oportuno. Su obra crece año tras año desde una fértil región, considerada en tiempos pasados la cenicienta del país, que no cesa de enviarnos señales de copioso talento e imaginación y en la que florecen diversas tendencias artísticas del más alto nivel.

 

 
 
 

Emisiones en el Silencio” (Muestra personal).

Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam”. La Habana, enero de 1999.

 Amalina Bomnin.

Robert  Hughes, en su libro La cultura de la queja, disipa la importancia de categorías como “izquierda y derecha”, “feminismo”, “movimiento gay”, “racismo”, entre otros, arguyendo la explicación de la parafernalia política en dichos términos. Conociendo tales ensayos, parecería absurdo lamentarse acerca no ya de una dualidad tan archiconocida como “centroperiferia”, sino más bien de una depravada relación “no centro-periferia”, tan nociva al ego artístico como a la plenitud de la cultura. (Vale aclarar que escribo emocionada porque me dice un amigo “el compromiso es la consecuencia más humana de la emoción”). Es por ello que coincido con el escritor, remitiéndome a nuestro contexto, al notar la aparencialidad de esta antinomia ante la ausencia de un centro real y una periferia. Lo que existe en realidad son mentes periféricas que gozan de un poder y artistas descentrados que no alcanzan llegar.

Tal pudiera ser el caso de Juan Suárez Blanco, artista pinareño “catapultado” hasta acá por la que suscribe, desde el Centro Provincial de Artes Visuales de Pinar del Río, con el ánimo de mostrar un conjunto de piezas que inicialmente estuvieron concebidas en dos proyectos que exceden lo expuesto: uno, titulado “Envíos”, que tuvo su origen a partir de un frustrado intento de participación en una exposición en una exposición de pintura cubana en Zaragoza, y que está conformado por obras evocadoras de los paquetes de Christo, pero con diferente intención. Si éste pretendía mostrar lo apócrifo que puede resultar el arte en determinadas ocasiones, para el cubano estos embalajes son cómplices de toda la angustia del creador de provincia ante la indolencia de algunas instituciones culturales.

El otro proyecto, alusivo a la problemática de la migración, agrupa una serie de trabajos en los que la balsa constituye un elemento recurrente. Tanto el primero como el segundo son herederos de ciertos presupuestos del pop art y el conceptualismo en su manera de objetivizar lo referido en aras de hacer más tangible el tratamiento de sus propuestas. Y es que Juan, aunque posee un dominio probado del oficio pictórico, prefiere la idea y la documentación que ofrece el objeto, ya sea reciclado o tomado directamente del entorno cotidiano, para aludir a la impronta de lo material en el terreno posmoderno. No hay más que observar su personalidad, semejante a la de un místico, casi estoico, para darse cuenta de las pretensiones de su quehacer en busca de acercar los límites arte y vida en una suerte de terapéutica salvadora.

La instalación es para el autor el medio que le permite desplegar sus escenarios cargados de elementos y signos de la iconografía religiosa y el universo litúrgico más allá de la mirada crítica de tentaciones, deseos y tabúes; proponiendo una comunión de espíritu con sus semejantes. De ahí el carácter aséptico de sus intervenciones, de las cuáles emana el ascetismo, lo que no significa que resulten inocuas. Vaciadas de agresividad, invitan al repaso y la introspección.

Todas esas piezas son coincidentes en la manera de asumir el arte desde una actitud cuestionadota de valores humanos de índole ético-moral a través de similares conceptualizaciones y recursos formales. Los paquetes, el viaje, la balsa, el éxodo, son nomenclaturas con el yo ancestral y recóndito para huir de lo superfluo. Una travesía en busca de un Noé.

Esta muestra constituye una pequeña retrospectiva, bien añejada, por su imposibilidad de materializarse, a pesar de estar propuesta, desde 1996, de l amplia producción del pinareño, que sin dejar lugar a la queja accedió a ofrecérnosla, como ejemplo de lo que el silencio no alcanza borrar.

 

 

DELIMITAR LO INVISIBLE
(Pequeña retrospectiva de los últimos 5 años) 

Juan Suárez Blanco.

Aunque no lo queramos, siempre al hacer una obra trasmitimos una idea o concepto. Generalmente esta fue una gran preocupación en mi quehacer anterior, la relación obra-espectador. Entonces simplificaba los medios para conseguir una propuesta clara, directa. La ejecución de la misma era una constatación de lo pensado y proyectado, con pocas sorpresas, con resultados previsibles (por lo menos para mí). Ahora, más que trasmitir una idea, aunque no la excluyo totalmente, trato de vivir el proceso creador, conversar conmigo mismo durante el acto de realización. Muchas posibilidades inesperadas aparecerán y surgirán en el tiempo de la ejecución; el resultado es sorprendente, imprevisible, y de manera general bastante alejado del punto de partida.

El boceto o esquema se concreta y transfigura al entrar en contacto con la materia pictórica, escultórica u objetual. Sólo quiero con mi quehacer comprobar mi existencia y asumir seriamente la necesidad de comunión con el universo. Encontrar a un JSB dispuesto ahora a saltar al vacío, para inferir que la obra de arte debe ser una acción reflexiva, altamente sensitiva y concatenada con las leyes y fenómenos universales, un vehículo-detonador para experimentar emociones profundas.

 Un escritor contestaba: 

-          ¿Qué cómo escribí mi obra? … “esconde la revelación prometida tanto como la descubre… nada más tiene, en su primer deslumbramiento, un solo defecto: propagar la duda, extenderla por omisión concentrada allí dónde no tiene razón de ser, insinuarla en aquello que debe ser protegido y plantarla hasta en la tierra firme dónde el mismo arraiga.”

 Siempre he pensado que las obras están ahí para que se contemplen, y quizás, si tienen algo que decir, comiencen a hablar.

 

 

LA REALIDAD DEL MISTERIO Y EL HACEDOR DE PERFECCIONES
1999. Ramón F. Cala (inédito)

La última década del siglo irrumpe con un sinnúmero de interrogantes. La caída del muro berlinés anunciaba la desaparición del “socialismo real”, que había sufrido muchas fisuras en su andamiaje desde la Crisis de los Misiles en octubre en 1961.  En un abrir y cerrar de ojos la economía cubana tuvo que reformular su concepción, sin poder evitar caer en una depresión que tocó fondo en el primer lustro y comenzó su recuperación paulatinamente insertándose en un mundo cada vez más globalizado y en el que los centros de poder reafirmaban con tesón su carácter hegemónico. Sin embargo, en esas condiciones sumamente difíciles la cultura cubana y en particular la creación artística se devela como uno de los resguardos de la nacionalidad y, a la par de las penurias surgían obras que marcarían hitos significativos como Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez  Alea (Titón) y Juan Carlos Tabío, por citar un ejemplo. En las artes plásticas todo parece indicar que los caminos conducen a dos posturas esenciales, una, la reafirmación de un pensamiento crítico gestor de un discurso renovador, punzante (no lacerante),  muy ligado al destino de la nación cubana y en el que predominan varios puntos de giro reflexivo y la otra, la manera en que el artista arrostra las singularidades del mercado con sus intromisiones y dictados, sus costos y sus precios (en moneda y en espíritu).

El tema de la identidad visto en toda su pluralidad (personal, social, histórica, filosófica, religiosa, sexual, política) ocupa importantes espacios en la polémica nacional surgida tras el derrumbe de los patrones canonizados por el este  europeo, de ahí que “lo cubano” como sello legitimante del “qué soy”, se redimensionara y liberara de ciertas ataduras e impostaciones foráneas para  mirarse hacia dentro, hacia las raíces más autóctonas y al mismo tiempo verse como un concepto particularmente dinámico y presto a la renovación.

En las coordenadas de este tema los artistas abordan cuestiones de alta temperatura y especial sensibilidad, entre ellas las migratorias y más exactamente todo lo que rodea a la emigración (el “irse para fuera” como se le conoce entre la gente común); la necesidad de reafirmar una ética humanista, la insularidad como uno de los soportes de nuestra cultura, la promiscuidad del signo visual, las relaciones centro periferia, la memoria, etc., etc., etc.

Junto a esta actitud crítica de los creadores en un contexto cambiante se abre paso con especial empuje la comercialización de las obras de arte, ahora favorecida por la despenalización de la tenencia de divisa, pero que arrastra consigo a rapiñadores y buscadores de oro que han alcanzado a timar a más de un ingenuo. No obstante, es innegable que constituye una alternativa real para la promoción internacional de los artistas cubanos.

No ha escapado Juan Suárez Blanco a la realidad cubana, más bien (aunque parezca exagerado) se ha metido en ella hasta la médula y ésta en él, hasta obligarlo, como me confesara, a abandonar en los años 70 su pintura expresionista y tener que acudir al empleo de materiales ociosos (zapatos viejos, pantalones raídos, cajas de madera deshechas...), en fin desperdicios humanos o valerse de algunos recursos naturales e inventar sus pastas con las que lograría peculiares texturas y excelentes veladuras.

Conocí a Juan Suárez Blanco a finales de los 80, en un lugar del que probablemente no se acuerde pues nada tenía que ver con nuestros “oficios”. Por esos tiempos estaba yo de vuelta a Pinar del Río, después de incursionar un par de años por la capital. En aquel momento me iniciaba como profesor universitario del Departamento de Artes Plásticas del Instituto Superior Pedagógico, en el que una de mis colegas era su esposa. Sin embargo, no es a través de ella que comenzamos una amistad que dura ya once años. Lo que verdaderamente me hace conocer a este artista es su obra y, específicamente, una exposición en la Galería de Artes del Hotel Comercio (hoy Museo de Arte de Pinar del Río, MAPRI). De aquella muestra saqué una conclusión que pude validar durante los años siguientes: en este creador se descubre la perfección del método. En sus obras no hay imágenes a la deriva, ni discursos plagado de ambigüedades, su denominador común es generalmente la coherencia plástica, cada elemento (color o textura) ocupa el espacio justo en la composición de una visualidad propia y distinta. Limpieza, mucha limpieza hay en las obras de Juan Suárez, pero cuidado no confundir lo tangible superficial con la oculta esencialidad de una visión sobradamente peculiar del Mundo y del Hombre.  Esta característica ha llevado a muchos a juzgarlo (veredicto de los victimarios) como un artesano de la pintura aludiendo al método cuasi rudimentario con que “construye” sus obras. No obstante, este calificativo retoza en la epidermis, no baja ni explorar en las profundidades de un ser que a cada paso en el arte deja un pedazo de corazón que sangra atado.

La actitud de Juanito en el proceso de creación va muy ligada a su personalidad, es como el paciente labriego que rotura la tierra donde germinarán todos los sueños, todas las angustias, todos los desvelos. “Los objetos y elementos utilizados en mi obra son generalmente sometidos a determinado proceso de reelaboración (rediseñados) transfigurados (algunas veces creados) en función del fin estético, de nuevas posibilidades expresivas, tanto en el orden formal como conceptual.” (JSB) Es en esa (com)penetración artista-objeto, en la que mejor se puede descifrar la verdad de un hombre que vive para su arte sin ninguna concesión vulgar, con una absoluta claridad de cada paso que se dispone a dar, sin autocomplacencias, reconociendo sus propias mentiras.

Su incesante exploración del “ser”, la búsqueda inagotable de aquellas respuestas que están en el propio sentido de la existencia, el dolor, la nostalgia,  el silencio, la paz, la imploración meditada al Dios que todos llevamos dentro, el interminable cauce por donde corre la sangre como elemento de identidad humana, son de esas premisas que este artista plantea y sin alarde tropical defiende como principio universal de la creación. “Desde el principio, en mis obras más tempranas, examinaba el indescifrable problema de la esencia y existencia humanas: el hombre, ser de conductas y comportamientos externos complejos, controvertidos y de insólitas verdades internas. (...) En mi discurso más reciente hay una inmersión en las profundidades del ego, en los acordes más recónditos de su silencio, prosiguiendo nuestra exploración hacia la dualidad de su carácter, que no es más (como dijera el poeta), que la manifestación irrefutable de una unidad” (JSB) Precisamente esa lealtad al ser le ha permitido estar pendiente de las transformaciones que experimenta su tiempo, la gente y su propia cosmovisión, y estar dispuesto en el justo minuto a asumir los riesgos que implica el cambio.

 De esta cualidad fui testigo por primera vez en 1992 cuando me enrolé en un proyecto teatral y para una de las puestas que dirigí me interesó utilizar una obra que por ese tiempo había llamado mucho la atención y que al artista le sirvió de “boceto” para otra de mayores pretensiones. Era la crucifixión de una muleta, que para mi interés de lograr un juego intertextual y experimentar cómo dentro de una obra otra alcanza nuevos significados, aquella pieza era ideal. La noche del estreno Juanito asistió  para ver como me “apropiaba” de la cruz con la muleta que con tanto esmero había creado, y hacerla cuerpo de mujer, lecho de amor, carga pesada y símbolo de paz, falo y pedestal.  Todo concluyó y aunque la experiencia fue válida, nunca más volvió a los escenarios, pero algo quedó despejado aquella noche, Juanito pudo comprobar que su obra, como me pidió, no se convirtió en un atrezzo más... Tal vez por esa razón decidió que podía ser uno de los que conservara una de sus obras, acto que dejó a mi elección, sabiendo él que me decidiría por esa ventana cuyas hojas están en permanente lucha por romper la fuerza mayor  que las mantiene cerradas y abrirse a la luz a cualquier precio. Ahí, incrustada a un costado está la silueta de mi cuerpo como huella imborrable del ser presente, del ser ausente.

Ya mi ventana ha sido maltratada por bichos que en estas latitudes arrasan literalmente con algunos tipos de madera, sin embargo, después de la última “cura”  deseché la idea de una posible restauración que el propio Juanito me prometió, pues es en mi hogar el símbolo de la vida misma, la que con el paso del tiempo es víctima del más feroz de los victimarios: los años. Ahora, se le suma otra razón, no menos vital, JSB emprende su viaje de fin de siglo en el que se dispone a cerrar el capítulo al que pertenece esa ventana. En España  pretende “quemar una etapa”, ser su propio inquisidor y buscarse nuevamente. Bajo esta óptica deberá ser asumida una muestra que tal vez se colme de éxito o pase sin dejar rastro, pero que en esencia no miente. 

La suerte está echada, un paso más y el laberinto.