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Otro toque de puerta*
 Por David Mateo

Establecer un límite entre el testimonio y la referencia, entre la realidad y la ficción en la obra del pinareño  Luis Contino,  resulta en extremo difícil, por no decir casi imposible. Y esto que para algunos pudiera constituir un riesgoso motivo de emplazamiento, de apelación representativa, teniendo en cuenta el susceptible  legado cultural del que parte su producción artística, es sin embargo para mi su principal distinción, su garantía de correspondencia  dentro del  contexto plástico cubano.   
Es cierto que sus cuadros están poblados de códigos perfectamente deducibles para practicantes o  avezados en los procedimientos de la santería, y hasta para quienes, aún sin ser  entendidos en la materia, ya están familiarizados con la iconografía que a partir de ella han ido recreando de forma habitual los artistas plásticos cubanos. No obstante, todos esos códigos parecen en su pintura reinducirse,  supeditarse a un anhelo representacional aún más abstracto, lanzarse en ocasiones al desafío de su carga denotativa, de su literalidad, para insertarse en un universo de alucinaciones heterogéneas, de formas fantásticas  surgidas a merced de los estados de excitación, del automatismo creativo y el caos neoexpresionista.
Aún cuando en los ambientes de sus obras –ya sea por alusión directa a los objetos de la liturgia o por recurrencia a atmósferas y tonalidades enigmáticas- se reconoce la invocación de la fe, el acceso a la encomienda como alternativas prácticas vinculadas a lo contingente, nunca sus composiciones parecen estar forzadas por la intención exclusiva de trascripción, por el despliegue  de los órdenes y las concatenaciones conceptuales que supone tal cometido, mucho menos por la predica o el culto a las distintas estructuras narrativas y niveles épicos inherentes al mito, como ya resulta demasiado recurrente en la mayoría de los artistas que abordan estos temas.
En Luis Contino pesa mucho más la lógica del artífice, del creador empírico, del alquimista que prueba y transmuta cada artificio a su alcance, hasta tensar al máximo el impacto de las imágenes y su capacidad alegórica. Los símbolos religiosos que emplea le sirven además para experimentar distintos planos de intensidad expresiva y gráfica en su pintura, para encontrar –y no debemos prescindir de este detalle inherente a la  exploración técnica en su obra- un estilo y un lenguaje propios. Aunque esos símbolos cargan de significación inductiva a sus cuadros, actúan como una primera instancia de persuasión en los contenidos que ellos incorporan, su mirada no se dirige en lo fundamental al hombre mítico, sino más bien al individuo en su condición social, ideológica y ética,  a su propia vulnerabilidad frente a las disyuntivas que lo asedian.
Las vivencias acumuladas por el artista constituyen, en la generalidad de los casos, el soporte argumental sobre el que se erige el andamiaje tropológico de las obras; por eso ellas funcionan muchas veces como registros expresivos, pulsaciones visuales de los estados de contracción por los que atraviesa su cotidianidad, transida casi todo el tiempo por los avatares de la supervivencia, las obsesiones y las utopías.
Aunque no me gusta mucho recurrir a las comparaciones, creo conveniente comentar que su proyección artística marcha por un  camino paralelo al del joven pintor Diago Durruthy, y ambos a su vez corroboran la legitimidad de un sentido de creación bien diferenciado dentro del contexto plástico cubano, que parece interconectarse en el decursar del tiempo histórico  con perspectivas como las de Wifredo Lam y Roberto Diago Querol, quienes sin rehuir a su condición social y racial, decidieron hacer suyos los valores expresivos y estéticos contenidos en el legado visual afrocubano para discursar sobre tópicos interconectados  con él, pero que también tenían la sabia voluntad de trascenderlo.
Quedarse en un primer nivel de lectura en la obra de este inquieto –por no decir agitado pintor- a partir de la magnitud o la resonancia de los significados tradicionales que recicla;  continuar confinándolo a la dimensión metafórica del hombre recluido en su templo, implica a mi juicio una limitación en el análisis acerca del alcance artístico de su pintura, y de las disposiciones que lo mantienen en permanente reflujo con las inquietudes y tendencias de su generación... Ojalá este toque de puerta -del que hoy todos somos también un  poco conjuradores- sirva para inquirir o explorar otras insinuaciones sugestivas acerca de su destino. 

 Notas

* Palabras al catálogo de la exposición Kindiambo Talanquera ( junio-julio del 2004, Casa de África, Ciudad de la Habana). Publicadas en el No.1, 2005 (enero-febrero) de la revista La Gaceta de Cuba, de la UNEAC e incluidas  en el volumen Palabras al acecho, antología de textos críticos sobre artes visuales en Cuba, del mismo autor.

 

 
 
 

TRES (Danzando con Ardimú para un Ilé)*

 Por Joaquín Badajoz

 Salaam alekum... alekum salaam. Merceditas Valdés “Aché” Willy Chirino Celia Cruz William Lawson’s Finest Blended Scotch Whisky W.L. Distiller LTD… Coatbride & Macduff Scotland Established 1849 100% Scotch Wiskies 40% vol. importé par Bacardi-Martini…Rhum Blanc Agricole Des Plantations Saint James Martinique depuis 1765 50% vol. Cazuela de los guerreros, Elegguá, San Lázaro, Ochosi, Oggún. Contino está uriando, esparce la miel sobre los santos, enciende las velaciones, ofrece tabacos, asperja y luego sirve aguardiente de caña destilado en Martinica –una delicattesse para el paladar de Babalú Ayé, comprado expresamente para el santo. Provoca el sahumerio ritual, único momento en que le desaparece la persistente disnea asmática; se sienta en un pequeño taburete, exhala, sonríe y vuelve a repetir (ya lo ha dicho dos veces): Cuba es mucha Cuba. Este país es grande grande.
La habitación que no supera los seis metros cuadrados es su casa, taller, templo. Este es el centro desde el que se carga la extraordinaria energía espiritual de uno de los pintores jóvenes con una obra madura y “auténtica” que ha encontrado asiento por derecho entre lo más representativo del arte cubano contemporáneo. Sin embargo, Contino sigue siendo, a pesar de su impecable facturación de su atractiva figuración, de su mágico imaginario sincrético-religioso, un desconocido en los círculos legitimantes; más preocupados, en lo relativo al arte joven, por el ejercicio experimental que por esta equilibrada variación de una tradición plástica. Camino de mulataje ideoestético que parte del Lam “visionario irrealista”, el Lam de la “pintura sacromágica, mistagógica o apocalíptica (…) que trata de revelarnos las potencias del Gran Misterio que con nosotros conviven, invisibles y portentosas”, como lo apreciara Fernando Ortiz; y que pasa por el Tata José Bedia (edioco), el etnoantropólogo  celebrante, de la pintura ritual, dicromática, mayombero, dimanga, que dio al Palo-Monte una visualidad primitiva, agreste, imagen de una tradición simbólica de extraordinaria riqueza, constatable en firmas, ngangas, rituales, prendas.
Si la obra de Bedia es un estudio pormenorizado del imaginario mixto, la de Contino se construye a partir de la inmersión en el finda, la entrada ritual en el monte congo. A pesar de que ambas propuestas pareciera que “manipulaban”  la creación estética como un pretexto para ofrecer testimonio de iniciado-practicante (a estas pudiera también sumarse la pintura de Santiago Rodríguez Olazábal), potenciando la universalidad de una práctica cuya condición mimética de sometimiento–resistencia la convirtió en un sistema cerrado, de cierta forma oral y autofágico; donde Bedia construye, a partir de una emulsión intelectiva, Contino pareciera no siente necesidad de explicarse los misterios de fe, ni mostrar sus fundamentos; más bien promueve la contaminación sincrética.
Un héroe popular puede ser, para Contino, Elegguá tropicalizado, el invocado para abrir los (sus) caminos, guerrero, equilibrista mayor: Tata de todos los cubanos; y sembrarlo en la nganga junto a Martí, la bandera cubana, como un fundamento de culto; que al parecer por la gracia de una polisemia mágico religiosa, atrapado (¿amarrado?), como si encarnase la isla misma, cercada, resistente, elemento consustancial de una iconografía ideopolítica, también de cierta forma como generador de su fuerza animista. A estas apropiaciones de la realidad inmediata se suman elementos de la Regla de Ocha, el reconocimiento de los orichas del panteón yoruba, la concreción de una espiritualidad múltiple que se manifiesta a partir de la contaminación, el trasvase, la transculturación.
La conciencia con la que va construyendo el discurso, ganando en autonomía visual, despojándose de obligadas referencias, le ha dotado de seguridad para discriminar el uso de firmas, textos, atributos, colores rituales innecesarios. Contino, que es un extraordinario colorista, ha entrado en lo que llamo su etapa gris, con un dominio del imaginario y su solución estética que le hacen privilegiar al máximo la composición en función del ambiente, veladuras, transparencias sobriamente “tocadas” de colores, leves salpicaduras impecablemente distribuidas que parecen obra del azar.
Por esos escapes que se producen alrededor de una crítica centrípeta,  su obra, promovida por la Fundación Fernando Ortiz como “alegría de nuestra tradición plástica”, y por esos impenitentes coleccionistas y promotores, los escritores Miguel Barnet y Abel Prieto, ha encontrado mayor resonancia en los predios escriturarios mediosucedáneos que en los “especializados”. En 1998 sus exposiciones personales “En el Monte Carulé”, Galería Concha Ferrand, Guanabacoa (Ciudad de La Habana) y “Esa Fuerza que Hay en Mí”, Centro de Artes Visuales (Pinar del Río), constituyeron verdaderos sucesos de la plástica cubana, que a la altura del próximo milenio parece no asombrarse de nada. De cualquier forma Contino, con la humildad del creador de visualidades, continua una obra ascendente sin preocuparle el lugar que ha de ocupar más acá del nsila kuna finda (camino del monte), convencido de que su obra es una ofrenda perpetua a sus santos y su identidad, se afana en lo que para él constituye asidero y puntual de resistencia, su raíz bakonga, atávico misterio que continúa uniendo a los descendientes de un pueblo sufrido que después de la diáspora protegió sus costumbres y cultura apelando a lo más sublime de su espiritualidad transecularizada.
 
Le digo le pida  a Elegguá abra los caminos para poder enfrentar este texto. Contino se vuelve sobre el taburete, va a pedir permiso para que me dirija al oricha. Pero Elegguá, que sabe más que nadie de la persistencia sabe que esto es innecesario, que ya la hora va desbrozando veredas con su palo de garabato, abriéndose más allá de los textos posibles. Los santos tienen que ayudarme, dice Contino, porque saben que todo lo que hago es por ellos; mi obra es testimonio de mi fe y de mis circunstancias, y no hay contradicción en esto, porque pinto en mi país y no en otra parte, y porque mi Monte es Cuba…y yo recuerdo que Pedro Pablo Oliva comentaba en cierta ocasión que cuando no tenía casa, pintaba casitas. Por eso Luis Contino, más que una casa urge un templo, un lugar donde celebrar los misteriosos rituales de la pintura y la fe. Entonces hace su “ofrenda”, baña sus cuadros en sangre o sahumerio, y pinta, es decir, se escapa-permanece, Danzando con Ardimú para un Ilé.

Notas
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* Fragmentos de Miguel Ángel Couret, Ulises Bretaña y Luis Contino. La salvación: tres poéticas y un fundamento.  En Revista Arte Cubano, No.2, 1999.

 

 

Mirar por la ventana para abrir la puerta*

Amalina Bomnín

Los períodos de crisis sociales traen aparejados un acrecentamiento de la fe, y con ésta de los oportunistas de la fe. Este fenómeno se ha hecho visible en Cuba a partir de los años ochenta, y desde entonces las artes plásticas han sido un campo fértil para recrear esta situación. La fuerza que tienen en el país los complejos religioso-culturales afrocubanos dentro de nuestra etnogénesis (que incluso muchas veces sin razón ha opacado el componente español en las interpretaciones artísticas) ha dado pie a que no sólo los practicantes genuinos hagan uso de los elementos provenientes de éstas creencias en sus propuestas, sino que muchos advenedizos traten de establecerse en el arte a partir de la facilista apropiación de la liturgia y los códigos de estas religiones.
La más reciente exposición del pinareño Luis Contino en la Casa de África en junio del 2004, llevó por título ¿Kindiambo talanquera? (¿Quién llama a la puerta?), y es una muestra de lo que puede hacer un artista practicante para soslayar el cliché de la negritud, desde soluciones plásticas garantes de oficio. Quizás a Contino lo ayude su suspicacia. Es muy inquieto y siempre está en guardia. Esta propuesta es un síntoma de ello. Parece estar conjurando el destino de su Isla a partir de sus creencias, pero sin oportunismo, sino con auténtica energía y devoción. Hoy día se hace difícil encontrar un artista que desde este tipo de culto logre evocar reflexiones valiosas. A partir de su graduación del ISA su interés creativo se ha movido en este terreno a través de la pintura, sin que se adviertan deudas epigonales, sino abriendo nuevas posibilidades discursivas desde sus experiencias como iniciado en la Santería y el Palo Monte.
En los primeros trabajos de Contino la presencia de lo afrocubano se daba más bien de manera ilustrativa. Eran piezas que señalaban la mixación cultural, los procesos transculturativos que han formado parte de la estructura de la nación, sin mucho ánimo narrativo. Las de ahora se acercan a asuntos puntuales, y en ellas la presencia humana es más evidente. No es ésta una narratividad lineal, en ella intervienen varios planos de lectura superpuestos, donde lo religioso, lo cultural, lo filosófico y lo social se entretejen para propiciar la dialogicidad del discurso.
¿Kindiambo talanquera? Es una suerte de llamado de atención, de previsión esotérica acerca de los “fantasmas” que pueden perturbar el futuro de Cuba. Y el artista lo ha hecho en una cuerda narrativa que pulsa al unísono lo inmanente y lo ancestral valiéndose de una figuración neo-expresiva de sello personal. Son piezas de mediano y gran formato, cada una con historias particulares y desde una perspectiva hagiográfica que tiende a proyectarse ecuménicamente. Con proverbial suspicacia el autor “espía” en cada relato su destino y el de sus congéneres, amenazado por factores internos y externos. En ocasiones Contino, en la medida que va pintando, vierte sobre el lienzo ron que expulsa de su boca, como parte del automatismo que desata en sus invocaciones.
Los personajes de esta muestra han sido representados haciendo hincapié en su osamenta. Según el autor ha querido subrayar el via crucis humano, el martirio al que toda persona se enfrenta en su recorrido por la vida. Son figuras conflictuadas; en ellas se trasluce una angustia y un desasosiego marcados. Su apariencia formal le debe – como señalé antes- al neoexpresionismo, en su variante más grotesca. Por momentos Contino ha recurrido también al bad painting, el dripping, y las aguadas, connotando el carácter emergente de sus planteamientos.
Son tramas cargadas de incertidumbre y tristeza que el colorido en clave baja ayuda a enfatizar. En ellas conviven orgánicamente las deidades, el hombre, los “muertos-vivos” (como Martí y Lennon) y los peligros que acechan constantemente. Y no es que haya negativismo en la visión del pinareño, pero sí una atmósfera sombría, tensa, poblada de inconvenientes.
Hay una tendencia en estas telas al uso de elementos de tipo gráfico que permiten acceder a algunos enclaves de significado: el ojo, la cruz, la luna, el pez, entre otros ,de uso frecuente en propuestas mediadas por actos de fe. Estos contribuyen de alguna manera a acercarse a su mensaje, muchas veces velado.
Contino ha trabajado con riqueza de texturas , e incluso ha incluido materiales como el yute, por ejemplo cuando refiere a Cuba, resaltando sus condiciones precarias. En ocasiones ha aplicado color estructurando formas, y luego ha tapado con otras capas de pintura lo pintado originalmente. Asimismo logra el resultado final: va añadiendo pigmento y deja que afloren algunos efectos de fondo logrados por la densidad de texturas.
La isla de Cuba aparece en cada lienzo de manera simbólica o real y resguardada por algún oricha: Obatalá, Yemayá, Oggún, Changó, u otros. Su alusión constante responde a un intento por referir a nuestra condición insular. Otros elementos como el elegguá, los caracoles cauri, el majá, la tiñosa, los cuchillos, la herradura, la palma , la paloma, pertenecen a la liturgia africana y han tenido una influencia fundamental en la formación de Contino como artista y como persona.
Es indudable que en el artista ha ocurrido un proceso de maduración, dado no sólo en el planteamiento de sus consideraciones, ahora más abiertas y trascendentes, sino también en la morfologización de dichos contenidos. La sobriedad de esta propuesta, con cierto viso de hermetismo y la gestualidad del trazo le confieren imantación a su discurso. Desde la fe, Contino activa la vigilia cotidiana recordándonos que en la confianza puede estar el peligro.

Notas
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*
  Publicado en Noticias de Arte Cubano, julio-agosto, 2004.

 

 

Sondeando el Monte Finda*

 por: Dr.  Miguel Barnet

 Contino, así simplemente, heredero de una rica tradición plástica que tiene su origen en las casas templos, en los munansos bela, en los ibbodu de la santería cubana. Con gran sensibilidad y ojo profundo el pintor pinareño ha sabido entrar en el monte finda, con los atributos magníficos del artista genuino que es.
El mundo espiritual que emana de la materia dura y litúrgica, tiene el vehículo perfecto para la transmutación del caos y la parafernalia en un orden estético que fija los valores y los ennoblece. Metáfora del contexto imantado, post-modernidad y arte intención naive, consuman un resultado de quilates artísticos únicos. Instalaciones de palo y de ocha llevadas a la expresión plástica, decantadas y pasadas por el filtro personal de artista.
Símbolos nacionales recreados: bandera cubana casi siempre presente como huella de la Patria, campana de Oggun, Iruke de Oya; toda una sinfonía in crescendo hacia la imagen más pura y cromática de la identidad. Súmese  a esto la luz cristiana, el circulo primitivo, ancestral, la luna fantasmagórica, el sol ardiente de la fertilidad y la energía, Olorun es el centro del Universo, Eleggua desbrozando el camino con su palo de garabato, el rojo de la sangre mambisa: corolario de una creación que aunque muy suya ya pasa a ser parte de nuestra tradición.
Luis Contino, pinareño, bajo la advocación mágica de un pasado –presente- consumador, deja de ser una promesa para convertirse en un resultado, en una alegría de nuestra tradición plástica.

¡Moforibale!

Notas
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*
Introducción al catálogo de la muestra Esa Fuerza que hay en mí. 27 de noviembre de 1998, Centro de Artes Visuales de Pinar del Río, Cuba.

.

Caminos de Fe: La pintura de Luis Contino

 Por Jorge Luis Montesino, 

 

Si tuviera que pronunciarme por tan solo una de las aseveraciones relativas a la obra pictórica de Luis Contino, reitero mi creencia en la suerte de conjuro de fe que la caracteriza; criterio que en este minuto pudiera parecer elemental, común, desabrío. Pero no, tengamos en cuenta que se trata de un pintor que vive envuelto por la magia (su confianza en ella). Para él, pintar cumple el mismo encargo de la oración, del canto litúrgico. Porque, además, es del tipo de creador somático en el cual armonizan referente temático, cosmogónico y cosmogonía vivencial, cuando una parte muy bien identificable de pintores cubanos y de la crítica de arte continúan viendo los consabidos asuntos de la llamada cultura afrocubana como uno de los referidos de la creación, con el cual no se convive muchas veces, y por lo tanto se pierde de vista que un nuevo referente ocupa el viaje del navío artístico: el mercado, o mejor, vender.
Se podrá deducir entonces la dimensión cultural, estética e individual de la certidumbre de nuestro pintor dentro de este ámbito, en su fe hacia la expresión evocativa frente a la mirada folclorizante de la cultura. Él es uno de los pocos que van creando sin pose (que paradójicamente conserva y resguarda una cantidad abrumadora de pinturas sobre lienzo y cartulina como fieles documentos de su existencia), sin el carroñeo de lo que en un momento fue agónica creencia militante, rayana en el inevitable fundamentalismo de la fe religiosa y su configuración arquetípica.
Ahora bien, ¿por qué la pintura y no sus cerámicas o dibujos, incluso aquellas incursiones con la instalación? Caminos de Fe da fe de todo lo anterior. Hemos reunido por vez primera aquellas pinturas que consideramos conservan su numen filosófico desde los bien agitados inicios de los años noventa hasta parte de las telas concluidas por estos días, clavadas a uno de los entablamentos exteriores de la casucha para proteger los materiales de construcción de su próxima casa. Y es que hasta entonces el cúmulo mayor de su arte fue creado dentro del cuartico de apenas cuatro o cinco metros cuadrados donde convive con su esposa, sus dos hijas y su perro Manto Negro, llamado Braco; el mismo cuarto en el cual duerme, ve la televisión, se cocina, come, orina y ensucia, se baña, guarda la bicicleta y todavía recibe a parte de sus amigos y visitantes.
En poéticas como la que nos ocupa es imprescindible e interesa secuenciar y visualizar, además del transcurso estético -el que casi siempre es privilegiado en tanto mero correlato formal- el proceso de interiorización y expansión de su fe espiritual, pues ambos constituyen un todo; estoy persuadido, de que con Luis Contino sucede algo similar a lo que con otros artistas cubanos (Abel Barroso, Belkis Ayón, Arturo Montoto, Eduardo Ponjuan. Rocío García, Agustín Bejarano, et al), es un caso tipo o muestra para entender parte de los complejos procesos culturales, sociales, religiosos y artísticos de los últimos años. La pintura de Contino nos lo revela con superior significado y le permite expresarse con holgura, con desenfado- al tiempo que le enriquece- dentro de la dimensión ilusoria, evocativa, fantasmal de lo expresivo en los trazados o conjuros aditivos, mixturados y hasta automáticos de la psicografía Yorubá y del Palo Monte. Asimismo, nos interesa dirigir la mirada hacia la sucesiva complejización de una visualidad de la huella, de la incisión de lo anímico y los estados de fe personales y sociales, de las morfologías de seres y escenas contorsionantes, espectrales, en trance, como buscando continuamente esa Fe desde el conjuro pictórico.

Notas
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* Introducción al catálogo de la expo personal Caminos de Fe, MAPRI, enero.marzo de 2006